EDITORIAL: LA PACHAMAMA COMO SUJETO DE DERECHOS

LA HUELLA ECOLÓGICA

El concepto “huella ecológica” es un indicador del impacto ambiental que grafica la demanda humana sobre los recursos existentes en los ecosistemas del planeta, relacionándola con la capacidad ecológica de la Tierra de regenerar sus recursos. Busca contabilizar el consumo de nuestros recursos naturales.

Actualmente la humanidad consume el equivalente a más de una vez y media la capacidad de regeneración del planeta. El exceso consumido son recursos que estamos restando a la Tierra y al futuro de nuestros hijos y nietos. Es lo que mide Global Footprint Network (GFN) que anunció que el 02 de agosto llegamos al Día de Sobrecarga de la Tierra (Overshoot Day). Lo que consumamos el resto del año, que la Tierra no puede renovar, es parte del  propio planeta, es déficit planetario.

Lo grave es que la huella ecológica es cada vez mayor y que el día de Sobrecarga de la Tierra llega cada año antes. En la primera medición de 1987, lo alcanzamos el 16 de diciembre. Estimaciones calculan que para el 2050 lo haremos a fines de abril, requiriendo tres planetas Tierra para cubrir la demanda. La conclusión es evidente. Estamos en déficit. Vivimos muy por encima de nuestras posibilidades ecológicas con el riesgo de llegar, más pronto que tarde, a un colapso.

RELACIÓN ENTRE LA VIDA Y EL PLANETA QUE LA ALBERGA,

La “huella ecológica” supera la capacidad de autorregulación de GAIA. Esta es la denominación que dio a la Tierra el metereólogo ambientalista inglés, James Lovelock en la década del 70, al sostener que la Tierra es una entidad planetaria viviente, un super-organismo compuesto por los seres vivientes, los mares, la atmosfera y el suelo, que tiene sistemas de autorregulación, por ejemplo, para mantener la temperatura del planeta. En sus investigaciones, establece la interrelación entre radiación solar, las algas marinas y las nubes, que desarrollan un proceso autorregulado que mantiene la temperatura dentro de un cierto rango.

GAIA es la actualización de nuestra MAMAPACHA, que establece la íntima relación entre la vida y el planeta que la alberga, desde una perspectiva científica y moderna. La capacidad de regeneración del planeta existe pero tiene límites, que una humanidad prudente debe respetar. De lo contrario estamos cometiendo ecocidio, el atentado ecológico cuyos efectos son ya sentidos por sectores de la humanidad, especialmente los más pobres, y que es la herencia que estamos dejando a las futuras generaciones.

REACCIONES ESPERANZADORAS

Pese a lo comentado, emergen hechos que expresan un reconocimiento del valor de la naturaleza que trasciende a la perspectiva eurocéntrica, en una especie de esperanzador sincretismo jurídico-cultural con las culturas tradicionales. Es el caso del acuerdo alcanzado, en marzo de este año, en el parlamento de Nueva Zelanda que reconoce al río Whanganui como “persona jurídica” y, como tal, con derechos y obligaciones. Se le ha reconocido como un antepasado de los Whanganui, una entidad viva cuyos intereses serán representados por un miembro de la tribu y un delegado del Estado. Antes, el 2013 en la misma Nueva Zelanda, se reconoció como persona jurídica al Parque Nacional Te Urewera, en la Isla Norte, de la tribu maorí de los Tuhoe. Por último, también este año, el Tribunal Supremo del Estado de Uttarakhand de la India decidió que los ríos Ganges y su afluente Yamuna son “entidades humanas vivas”.

Otros hechos, en la misma línea de cambio de perspectivas, son la inclusión de los conceptos del “buen vivir” y de la Pacha Mama en las nuevas constituciones de Bolivia y Ecuador, respectivamente, que recogiendo la cosmovisión de los pueblos andinos, reconoce los derechos de la naturaleza. Son importantes innovaciones jurídicas, surgidas de luchas de larga duración por las que cosmovisiones de los pueblos originarios se abren espacio respecto de las visiones eurocéntricas dominantes. Boaventura de Sousa Santos[1] resalta que son hechos  emergentes, reales gérmenes de una nueva relación entre humanos y naturaleza, que podrían cambiar la forma como afrontamos los problemas ambientales.

Desde los organismos internacionales también existen audaces propuestas orientadas a la acción, como la Carta de la Tierra[2], diálogo intercultural sobre valores comunes y principios compartidos iniciado en los años 90 a nivel mundial y que duró toda una década. Plantea el deber de unirse “para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz” en base “de la preservación de una biosfera saludable, que contenga todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio.” Dicha visión se concreta en Principios, de los que resaltamos el de: respetar la Tierra y la vida en toda su diversidad y preservarla para las generaciones presentes y futuras; adoptar patrones de producción, consumo y reproducción que salvaguarden las capacidades regenerativas de la Tierra; tratar a todos los seres vivos con respeto y consideración, y promover una cultura de tolerancia, no violencia y paz, entre otros.

No podemos dejar sin mención el aporte de la Iglesia Católica al debate, especialmente con la oportuna encíclica “Laudato si”, publicada meses antes de la COP21 de París. En ella, el Papa Francisco afirma, que «somos tierra (cfr Gn 2,7), nuestro propio cuerpo está formado por elementos del planeta, su aire nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura», para señalar la íntima relación del hombre con la naturaleza: Rechaza el exceso de antropocentrismo que impide al hombre ubicarse adecuadamente respecto al mundo y que está en la base de la lógica del “usa y tira”, justificando todo tipo de descarte, sea éste humano o ambiental; que trata al otro y a la naturaleza como un simple objeto y conduce a una infinidad de formas de dominio. Su propuesta es una ecología integral como nuevo paradigma de justicia; una ecología que «incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea». Se requiere tanto una transformación del ser humano como nuevas formas e instrumentos eficaces de gobernanza global para toda la gama de los llamados “bienes comunes globales” dado que “la protección ambiental no puede asegurarse sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios”

Soplan nuevos vientos que traen refrescantes nuevas ideas. Durante más de 200 años hemos depredado el planeta. Sus consecuencias son ya evidentes para todo el que quiera ver. Las reacciones llegan de todas partes y son propuestas creativas que desde distintas perspectivas van sumando en una solución, difícil pero necesaria. ¡Hay lugar para la esperanza!

 

[1] Sociólogo portugués. Es uno de los científicos sociales e investigadores más importantes del mundo en el área de la sociología jurídica y es uno de los principales dinamizadores del Foro Social Mundial. http://www.other-news.info/noticias/2017/07/para-una-sociologia-de-las-emergencias/#more-13532

[2] La Carta de la Tierra  http://www.earthcharterchina.org/esp/text.html