LAS CIUDADES DESDE LA ÓPTICA DE LA ECOLOGÍA INTEGRAL

Eduardo Gómez de la Torre Freundt[1]

La crisis ecológica y moral tiene atrapados a importantes sectores de la población más desfavorecida. (Encíclica Laudato Si)

La preocupación de la Iglesia por el medio ambiente ha sido una constante en los últimos años, habiéndose acentuado en lo que va de este siglo, como lo demuestran diferentes autores vinculados a ella, así como las autoridades más representativas, teólogos de renombre, obispos, e incluso el Papa recientemente, a través de la encíclica Laudato Si y de su exhortación evangélica Evangelii Gaudium.  Este último documento viene a ser “el manual de operaciones para todos los católicos” según el mismo Papa lo explicita.

La puesta en valor del tema obedece a una creciente conciencia de la sociedad y de nuestra cultura occidental sobre los problemas que pueden acarrear las nefastas condiciones de creciente deterioro del medio para la humanidad y la vida misma de muchas especies animales y vegetales — que están íntimamente interrelacionadas para su existencia y subsistencia –, entre las cuales se encuentra el ser humano, quien, a diferencia de todas las demás especies, es el causante y promotor de esas condiciones.

Afortunada y paradójicamente, los avances científicos y técnicos han permitido un mejor conocimiento de los efectos y el impacto de dichas condiciones adversas, ubicándolas y cuantificándolas con mayor precisión. Esto ha llevado a algunos sectores de la sociedad y la comunidad internacional a asumir una posición más informada y comprometida con las posibles soluciones y medidas de diferente nivel y eficacia, las cuales llevan a diferentes posturas frente a los problemas identificados y potenciales.

Algunos autores, como el Padre Teilhard de Chardin, sacerdote jesuita francés antropólogo de profesión, realizaron en el siglo pasado importantes investigaciones y profundas reflexiones sobre la presencia del ser humano y su interrelación con el medio.  Chardin aporta una perspectiva integral e integradora de la evolución, a la que otorga una dimensión cósmica, interrelacionándola con el espacio y el tiempo.  También incorpora categorías como las de la biósfera y la noósfera a las reflexiones sobre el sentido de la vida y la existencia al significado del fenómeno humano en este proceso, así como el concepto de alfa y omega, es decir, el principio y el fin desde el cual evolucionan y hacia el cual confluyen todos los procesos.

Este enfoque novedoso y revolucionario en su momento causó desconcierto y alarma en ciertos sectores de la jerarquía de la Iglesia, que llevaron hasta a la prohibición de la publicación y lectura de la obra del Padre Teilhard de Chardin.  Sin embargo, este pensador fue totalmente reivindicado posteriormente y su pensamiento abrió el camino para nuevas reflexiones sobre el tema, pioneras de la antropología filosófica, así como de la ecología y puesta en valor creciente de las preocupaciones del ser humano por su medio y sus interrelaciones con otras personas.

Estas tendencias – que evolucionan impregnadas de intuiciones geniales, como las de Humboldt, Raimondi y Darwin, perfiladas en ideas-fuerza posteriores por Patrick Gueddes y otros autores y desarrolladas después por Amos Hawley — condujeron al surgimiento de la ecología, la ecología humana y ramas especializadas, como la ecología urbana.

El interés en estos temas surgió como resultado del creciente y acelerado proceso de urbanización vivido por la humanidad a raíz de la revolución  industrial, el cual ha llevado en los últimos doscientos años al traslado de la gran mayoría de la población del mundo desde el campo a las ciudades. Este es un proceso que en la actualidad se acelera exponencialmente, acarreando enormes dificultades sociales, económicas, políticas y psicológicas al ser humano.

En la actualidad, la proporción entre los pobladores del campo y la ciudad se ha invertido, llevándonos a que hoy en día la mayoría de la población del planeta viva en ciudades, que se hacen cada vez más y más grandes.  Este proceso de urbanización acelerada conduce a profundizar las reflexiones sobre el impacto de este fenómeno en los seres humanos y en el medio ambiente, ya que nunca antes en la historia de la humanidad se han albergado juntos volúmenes y densidades de población de estas magnitudes.

La forma de vida en las ciudades ha sido sentida como problemática desde sus orígenes mismos. De esto existen registros en diversos pasajes del Antiguo Testamento, donde se identificaba a las ciudades como símbolos de corrupción y decadencia.  Se encuentran allí referencias explícitas a Sodoma y Gomorra por las perversiones que las caracterizaban, o a Babel por la  confusión que la concentración de poblaciones con costumbres e idiomas diversos producía. En todo caso, las ciudades siempre se identificaban como ámbitos problemáticos y en el Nuevo Testamento podemos ver la emblemática presencia de los mendigos en los diferentes pueblos que Jesús visitaba.

En la Edad Media y el Renacimiento el rol de las ciudades vuelve a adquirir protagonismo por sus funciones de protección y defensa, así como por la diversidad que ofrecían, las posibilidades de agrupar y concentrar diferentes oficios y quehaceres, y por constituir lugares de intercambio y mercado por excelencia para el encuentro de ofertas y demandas diversas de bienes y servicios.

La ciudad siempre ha presentado una existencia paradójica, que simultáneamente entraña ventajas y complicaciones por su diversidad, concentración y densificación, lo cual puede llevar al deterioro y eventual colapso de los servicios y ventajas que ofrecía como forma de vida y posibilidades de socialización.

Esto se registra históricamente por la presencia de las famosas pestes que causaron estragos en la antigüedad sobre las concentraciones urbanas a causa de las condiciones de vida existentes entonces, con ambientes tugurizados e insalubres, desbordados por la congestión producida en determinadas etapas del crecimiento de los centros poblados.  Las incipientes urbes no estaban en condiciones de soportar la migración masiva del campo a las ciudades, que inicialmente ofrecían condiciones favorables para el desarrollo de las potencialidades humanas en razón de las oportunidades de trabajo, empleo y diversión que ofrecían, así como de su función como lugares de intercambio de productos, servicios e ideas.

La concentración de la población en determinados lugares puede llevar a patologías sociales y psicológicas, así como a formas de organización política y económica que no generan condiciones favorables para el desarrollo de las potencialidades del ser humano. Estos problemas son fuente de principal preocupación para la Iglesia y el Papa Francisco, específicamente manifestada en los contenidos de su última encíclica Laudato Sí.

El acondicionamiento de los espacios para lograr formas de vida más justas y más humanas es, pues, una inquietud capital de la Iglesia en la actualidad y lo acabamos de vivir con la reciente visita del Papa Francisco al Perú, quien en cada lugar que ha visitado ha hecho cuestión central de sus reflexiones las relaciones entre los hombres y las de éstos con su medio ambiente, ya sea en el ámbito rural como el urbano.

Esta inquietud fue explicitada en Madre de Dios en relación con la minería ilegal o informal como una forma de intervención en la naturaleza que conduce a la trata de personas y a nuevas formas de esclavitud y perversión, a la vez que a un creciente deterioro del medio debido a la tala indiscriminada, los diferentes agentes contaminantes de la explotación minera y los derrames petroleros.

También advirtió el Papa sobre los problemas sociales en el ambiente urbano producto de la rápida y desordenada densificación de estos espacios y la confluencia heterogénea de personas e intereses que se concentran en los campamentos y centros poblados aledaños, todo lo cual se manifiesta en comportamientos violentos, como el sicariato y otras formas de delincuencia y violencia urbana.

Ante estas situaciones, el Papa propone no desesperanzarse y persistir en formas de vida y comportamiento más acordes con los principios de la dignidad de las personas postulados por la doctrina social de la Iglesia, que conllevarán a formas de convivencia más humanas y más dignas en estas densidades y conglomerados, rescatando los espacios de diálogo y concertación, tales como la familia, el barrio, la calle, para fomentar el intercambio de ideas y la búsqueda de soluciones y visiones compartidas de futuro.

Propone de este modo contribuir a revertir el proceso con fórmulas que partan del respeto a la persona y el medio natural y social en que cada ser humano se desempeña e interactúa con sus congéneres y las otras especies vivientes que tenemos la responsabilidad de proteger de manera sostenible, ya que es esencial tener en cuenta a las futuras generaciones cuyo destino está condicionado por lo que hoy hagamos o dejemos de hacer nosotros.

Otro de los elementos importantes de la Laudato Si, además de la identificación y el análisis de los problemas esenciales, cuyas causas y posibles consecuencias señala, es la exhortación a una toma de posición y movilización para la intervención y participación activa y responsable en la búsqueda e implementación de las soluciones planteadas para cada uno de los problemas analizados.  Es decir, aquí no hay espectadores de este drama; todos somos actores y protagonistas de esta historia.

Esta exhortación a la acción fue gestada en la reunión de los obispos en la ciudad de Aparecida en el Brasil el 2007 y perfilada en la exhortación evangélica Evangelii Gaudium. Allí se insiste en un rol protagónico militante de los católicos para encarar los problemas y participar activamente en dar soluciones a los mismos de acuerdo con sus roles y funciones, así como con sus recursos y posibilidades, desde los diferentes ámbitos y circunstancias en que cada uno se encuentre. Nos recuerda dramáticamente que la “casa” es de todos y que “todos” somos responsables de lo que se haga o deje de hacer.

Esta perspectiva parte de lo personal, pasando por la familia, el barrio, la zona, el distrito … hasta comprender a todo el planeta, a “todo el hombre y a todos los hombres” como arquitectos de su propio destino, en el marco de la visión cósmica propuesta por Teilhard de Chardin y los “clásicos” del “Humanismo Integral”, occidental y cristiano, como Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, y la doctrina social de la Iglesia expuesta en las encíclicas Populorum Progressio y Sollicitudo Rei Socialis.

Hoy, con mayor potencia y vigencia por las circunstancias que estamos viviendo, nos llegan estas prédicas — puestas en valor por la reciente presencia del Papa Francisco en nuestro país y sus oportunas y directas menciones a la urgente aplicación en nuestro Perú de estos principios — exigiéndonos una acción coherente con los valores que debemos promover y encarnar a fines de revertir los procesos de deterioro y degradación de nuestra sociedad que impregnan la dimensión física-espacial- territorial, mostrando patologías que deben abordarse con urgencia y determinación para erradicarlas en forma urgente, sistemática y permanente.

Es una necesidad apremiante generar espacios que promuevan formas de vida saludables física, social y psicológicamente, donde se puedan desarrollar y estimular procesos de interacción entre los diferentes grupos y personas que conforman nuestras sociedades urbanas y quienes trabajan y se encuentran establecidos en el campo.

Paralelamente, al interior de los centros poblados y ciudades de diferentes escalas y magnitudes, es preciso diseñar, generar, producir, construir o – cuando sea necesario – rediseñar y reconstruir aquellos espacios y lugares que no favorecen el desarrollo de las potencialidades de sus habitantes sino más bien crean o mantienen condiciones que fomentan o promueven ambientes inseguros, insalubres y peligrosos, donde la falta de espacios públicos adecuados y bien ubicados no permite una interacción fluida y segura entre sus habitantes.

Esos espacios tugurizados y malsanos, carentes de los servicios mínimos para una vida digna y saludable, no hacen sino explicitar las deficiencias de nuestro sistema económico, social y político, que demuestra no estar en condiciones de revertir esos procesos de deterioro y ofrecer alternativas viables en plazos razonables.

Esta situación exige urgentemente la participación activa, protagónica y organizada de cada uno de nosotros para actuar a través de los canales existentes y otros que puedan diseñarse de forma sistemática y eficaz de acuerdo con la normatividad vigente, como son las instancias más cercanas de participación ciudadana que nos proporcionan los presupuestos participativos y los planes concertados.

Lo fundamental, sin embargo, es informarnos y prepararnos adecuadamente  para hacer uso de estos mecanismos de participación popular que nos permiten identificar nuestros problemas y necesidades para enfrentarlos directamente de manera protagónica.  Es nuestro deber como ciudadanos y cristianos asumir este derecho y ejercerlo plena y responsablemente, organizándonos desde nuestros barrios y zonas para participar activamente en estos procesos, dado que nadie conoce y siente nuestros problemas y sus posibles soluciones mejor que nosotros.

Esta participación, además, nos permite hacer un seguimiento del uso apropiado y oportuno de los recursos asignados a cada uno de los programas o proyectos identificados como prioritarios para nuestros ámbitos por nosotros mismos, disminuyendo así las posibilidades de malversación u otros actos de corrupción con nuestros recursos.  De allí la importancia de la motivación para la participación y el énfasis puesto por el Papa en “la esperanza”.

Se dice que “para que cambien las cosas que hacen los hombres, es necesario que cambien los hombres que hacen las cosas,” lo cual resalta la importancia de nuestro compromiso y nuestra participación protagónica.  Este es el tipo de participación “política” que el momento que vivimos y las circunstancias por las que atraviesa el país requieren.  Si no cambiamos “nosotros”, no cambiarán “los otros”. El cambio comienza con cada uno de nosotros, y para eso debemos informarnos, formarnos adecuadamente y comprometernos con este esfuerzo.

Por consiguiente, es importante no perder la esperanza y buscar tenazmente el diálogo y la concertación para la construcción de una visión compartida de futuro que permita alinear nuestras voluntades y recursos en aras de un país mejor y más justo.

 

[1] Arquitecto y Magister en Economía. Docente. Especialista en Planificación. Ex funcionario de la OIT en Sierra Leona, África.