Ciudadanía Ambiental

Al haber tomado conciencia que fueron acciones humanas las principales causantes del deterioro del medio ambiente, corresponde desarrollar una ciudadanía decidida y participativa que apoye las decisiones que hay que tomar y, con su ejemplo, contribuya a modificar estilos de vida que devienen en suicidas, coadyuvando a mitigar o a adaptarse a los efectos de los problemas del entorno.

A partir del último tercio del siglo pasado se ha incrementado la conciencia que el mundo tiene límites. Vamos asumiendo que el planeta no podrá abastecer una demanda de recursos que se incrementa ilimitadamente. Cada persona empieza, o empezará pronto, a percibir en carne propia el significado de un entorno finito donde la huella humana rebasó la capacidad de recuperación del medio ambiente. La cuestión es si, como ciudadanos del mundo, debemos esperar a algún “Chapulín Colorado” que pueda venir en nuestra defensa mientras miramos impasibles cómo nos deslizamos progresivamente al precipicio ecológico o si existe algo que podamos hacer.

El problema ecológico no apareció de un día para otro. Han sido nuevos hábitos de millones de personas, a lo largo del tiempo y en todo el planeta –si bien más en unos espacios que en otros-, los que en un proceso acumulativo han generado una masa crítica de problemas que presionan a la naturaleza, de los que no podemos escapar. Corresponde, al haber tomado conciencia que fueron acciones humanas las principales causantes del deterioro del medio ambiente, desarrollar una ciudadanía decidida y participativa que apoye las decisiones que hay que tomar y, con su ejemplo, contribuir a modificar estilos de vida que devienen en suicidas, coadyuvando a mitigar o a adaptarse a los efectos de los problemas del entorno.

Ciudadanos del mundo.
Somos ciudadanos del mundo, con los derechos y obligaciones que tal condición conlleva. El concepto de ciudadanía se ha enriquecido con el paso del tiempo y la experiencia. Desde la lejana Atenas, donde el beneficio de la ciudadanía competía a unos pocos, se fue ampliando el número de derechos y la cantidad de sus beneficiarios. A los derechos civiles y políticos se incorporaron los sociales y económicos y, hoy día, los derechos a la paz y a la realización personal en un medio ambiente saludable. También se fue ampliando el número de beneficiarios hasta considerar actualmente la humanidad entera.

En la actual escala planetaria, a falta de un “ius imperi” global, son los valores éticos los que deben guiarnos. El concepto de la dignidad inherente a la condición de ser humano y el principio del destino universal de los bienes, nos lleva a considerar como una injusticia las carencias de muchos frente al hartazgo de unos pocos. La convicción que el consumismo exagerado de los menos, si se generalizase como estilo de vida a toda la humanidad exigiría varios planetas para satisfacer esa demanda, nos hace ver lo irracional de ese estilo de vida. La consecuencia resulta obvia, como ciudadanos conscientes del mundo la tarea es concebir y practicar modos de vida donde se valore el “ser más”, no el “tener más”, superando la “cultura del descarte”.

A grandes rasgos, dos son los grandes campos de acción, la esfera pública y la privada. Les dedicamos unas líneas.

Derecho y deber de participar.
La globalización y la dimensión planetaria de algunos problemas como el medioambiental, han generado organismos internacionales especializados que convocan conferencias mundiales para adoptar decisiones y gobiernos que en cada país dirigen las políticas medioambientales. Las decisiones que se adoptan suelen ser un compromiso entre lo que debiera hacerse, planteado por la academia y los estudios, y los intereses de los grupos fácticos de poder que se afectarían al asumir las medidas recomendadas. En esa lucha, muchas veces desigual entre el concepto del deber ser contrapuesto al interés particular, el funcionario público no suele tener el poder suficiente para lograr se adopte la mejor decisión. Puede equilibrar la balanza la movilización de la participación informada, lo que plantea nuevos roles al ciudadano global, dado que su acción puede resultar decisiva.

Son muchas las formas de participación: en la función pública, en la docencia, en el periodismo, etc. Quiero mencionar una que reúne las acciones individuales de muchas personas alrededor del mundo generando corrientes de opinión sobre problemas de derechos humanos, ambientales y otros, para influir sobre gobiernos y/o conferencias mundiales, para que asuman determinadas posiciones, obteniendo logros significativos en muchos casos. Es el ejemplo del grupo AVAAS. Al sumarse miles y millones de personas de todo el mundo a alguna de aquellas campañas, se ejerce un derecho y se contribuye a tomar decisiones.

Es obvio que el derecho a participar supone la obligación de informarse. A dicha información queremos contribuir desde el presente portal.

Predicar con el ejemplo
Un segundo aspecto, de cuya importancia frecuentemente no tomamos conciencia, es la acción individual. Conductas personales que practiquen el consumo adecuado de recursos, llevadas a cabo por millones de personas, tienen una incidencia importante, como ahorro y como ejemplo. Así, el empleo racional del agua, el uso de la energía sólo en la cantidad necesaria, el valorar el uso reciclado del papel o el preferir la bolsa de papel a la de plástico, son algunos ejemplos que, practicados por muchos, dejan de ser acciones individuales para convertirse en una cultura compartida de prácticas amigables con el medio ambiente.

La fuerza del ejemplo es la mejor manera de hacer compartir nuestros puntos de vista. La perspectiva debe ser llegar a conformar una humanidad solidaria, en una economía sostenible, donde las personas satisfacen sus necesidades económicas básicas y de superación personal, sin depredar los recursos de su ambiente.

Incluimos un video con expresiones de terceros sobre sobre la ciudadanía ambiental: https://www.youtube.com/watch?v=pfwjCxnUaYQ

ARTÍCULOS ANTERIORES